Una práctica cristiana bastante extendida, basada sobre todo en 1 Corintios 14, presenta el llamado don de “lenguas” como un lenguaje privado de oración. También se suelen citar textos como Hechos 2:11, Hechos 10:46 y Romanos 8:26 para sostener esa idea. Sin embargo, cuando examinamos cómo presenta el Nuevo Testamento este don —la capacidad sobrenatural de hablar en idiomas que la persona nunca había aprendido— aparecen dos funciones principales que ponen seriamente en duda que su propósito normal fuera una oración privada e ininteligible.
Primero, el don funcionó como una señal sobrenatural relacionada con el derramamiento del espíritu de Dios y con la confirmación del Evangelio del Reino. Hebreos 2:3–4 no menciona las lenguas de forma específica, pero sitúa las “señales, maravillas, diversos milagros y dones de espíritu santo” dentro de la confirmación divina del mensaje de salvación anunciado primero por Jesús y después confirmado por quienes lo escucharon.
En Pentecostés, judíos y prosélitos procedentes de muchas naciones oyeron a los discípulos hablar en sus “propios idiomas acerca de las grandes obras de Dios” (Hech. 2:4–11). No se trataba de sonidos misteriosos ni de sílabas sin sentido. Eran idiomas que los oyentes podían reconocer. Este acontecimiento cumplió, al menos en parte, la promesa del derramamiento del espíritu en los últimos días (Hech. 2:16–18; Joel 2:28–32).
La misma señal milagrosa apareció después como evidencia decisiva de que los gentiles habían sido aceptados por Dios sin tener que circuncidarse para colocarse bajo la Ley de Moisés. Cuando Cornelio y su casa recibieron el espíritu, los creyentes judíos los oyeron “hablando en idiomas y engrandeciendo a Dios” (Hech. 10:44–46). Pedro apeló posteriormente a ese mismo acontecimiento como prueba de que Dios había dado a los gentiles el mismo don que había dado a los creyentes judíos “al principio” (Hech. 11:15–18; cp. Hech. 15:7–9).
Segundo, cuando el don se ejercía dentro de la iglesia, la gran preocupación de Pablo era que sirviera para edificar, animar y fortalecer a los demás. Ese es el hilo conductor de 1 Corintios 12–14. Las manifestaciones del espíritu se dan “para el beneficio de todos” (1 Cor. 12:7), y Pablo insiste una y otra vez en que lo que se dice en la iglesia debe ser comprensible si realmente ha de beneficiar a quienes escuchan (1 Cor. 14:5–12, 26).
Por eso la traducción era indispensable, ya fuera realizada por el mismo hablante o por otra persona. El idioma podía edificar a la iglesia únicamente cuando su contenido era traducido (1 Cor. 14:5, 13, 27). Si no había traductor, Pablo daba una orden muy clara: silencio en la iglesia (v. 28).
Estos dos hechos deben controlar nuestra lectura del argumento más fuerte a favor de un lenguaje privado de oración: 1 Corintios 14.
El contexto del capítulo no es una persona orando a solas en su dormitorio. El contexto es la iglesia reunida: “Si toda la iglesia se reúne…” (v. 23), y “Cuando se reúnen…” (v. 26; cp. vv. 28, 33). Desde el principio hasta el final, Pablo está preocupado por lo que sucede cuando los creyentes se reúnen y por si lo que se dice realmente ayuda a los presentes.
Pablo escribe:
“Si oro en otro idioma, mi espíritu ora, pero mi entendimiento no produce fruto para los demás. Entonces, ¿cuál es mi conclusión? Oraré con mi espíritu, y también oraré con mi entendimiento. Cantaré alabanzas con mi espíritu, y también cantaré alabanzas con mi entendimiento. De otro modo, si das gracias en el espíritu, ¿cómo podrá la persona no instruida decir ‘Amén’ a tu acción de gracias, puesto que no sabe lo que has dicho? Puede que hayas dado gracias a Dios muy bien, pero los demás no han sido ayudados. Doy gracias a Dios porque hablo en idiomas más que todos ustedes. Pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para poder instruir a otros, antes que diez mil palabras en otro idioma” (1 Cor. 14:14–19).
Obsérvese la proporción: cinco palabras comprensibles frente a diez mil que nadie entiende. Eso difícilmente sugiere que la ininteligibilidad posea algún valor espiritual especial.
La reacción de Pablo ante una oración en un idioma que los demás no entienden no es: “Entonces seguiré orando así en privado”. Su conclusión es otra: la oración y la alabanza deben involucrar tanto al espíritu como al entendimiento.
Además, los versículos siguientes dejan claro cuál es su problema. Si alguien da gracias utilizando el don, pero otro creyente no entiende lo que se está diciendo, esa persona ni siquiera puede decir “Amén” con conocimiento, porque “no sabe lo que has dicho” (vv. 16–17).
Tampoco la afirmación de Pablo, “Doy gracias a Dios porque hablo en idiomas más que todos ustedes” (v. 18), demuestra que tuviera la costumbre de orar privadamente “en lenguas” en casa, durante sus viajes misioneros o mientras caminaba solo. El texto sencillamente no dice eso.
Leer una práctica concreta de oración privada dentro de esa frase es eiségesis, no exégesis. De hecho, Pablo continúa inmediatamente: “Pero en la iglesia…” (v. 19), y vuelve a su preocupación central: un lenguaje comprensible que instruya a los demás cuando la iglesia está reunida.
Decir que el v. 18 demuestra una práctica privada de oración es simplemente asumir aquello que todavía debe demostrarse.
Pablo también describe las lenguas como una “señal” en los vv. 21–22, citando Isaías 28:11–12. En el contexto original de Isaías, Dios se dirige al Israel incrédulo por medio de labios extranjeros como parte de Su juicio. Aunque haya dificultades a la hora de explicar cada detalle de la aplicación de Pablo, su apelación a Isaías presenta claramente el fenómeno dentro de un marco de señal sobrenatural pública, no principalmente como una técnica de oración privada.
El v. 28 también se utiliza con frecuencia como prueba de la oración privada:
“Si no hay traductor, que permanezca en silencio en la iglesia y hable para sí mismo y para Dios.”
Pero nótese la orden: que guarde silencio en la iglesia.
El texto no dice: “Que ore en lenguas en privado”. Tampoco la frase “hable para sí mismo y para Dios” significa necesariamente “que ore a Dios en un lenguaje sobrenatural privado”. El contraste inmediato está entre dirigirse públicamente a la iglesia y abstenerse de hacerlo cuando nadie puede traducir.
De hecho, la expresión “hable para sí mismo” debería hacernos cautelosos antes de convertir automáticamente toda la frase en una referencia técnica a la oración.
Tampoco debemos identificar automáticamente toda referencia a “orar en el espíritu” con hablar en idiomas. Pablo manda a los cristianos en general que oren “en todo momento en espíritu” (Ef. 6:18), y Judas habla de creyentes “orando en espíritu santo” (Jud. 20). Ninguno de esos textos menciona lenguas.
Convertir “orar en el espíritu” en un sinónimo técnico de “orar en lenguas” es introducir una definición que los propios textos nunca proporcionan.
Romanos 8:26 también suele utilizarse de esta manera, pero tampoco demuestra el punto. Pablo habla de “gemidos que no pueden expresarse con palabras”. Eso difícilmente puede servir como prueba directa de un don que consiste precisamente en producir palabras en otro idioma.
Pablo describe al espíritu de Dios ayudando a los creyentes en su debilidad cuando no saben qué deben pedir. No dice que entonces comiencen a hablar en un idioma desconocido. Algo descrito como más allá de la expresión verbal es una base bastante pobre para demostrar una determinada forma de habla verbal.
El principio decisivo aparece antes de que Pablo entre en su discusión detallada sobre los idiomas:
“A cada persona se le da la manifestación del espíritu para el beneficio de todos” (1 Cor. 12:7).
Ese principio gobierna toda la discusión de 1 Corintios 12–14.
El mismo espíritu distribuye los distintos dones “a cada persona como él quiere” (12:11). Pablo distingue claramente entre hablar diferentes idiomas y el don correspondiente de traducirlos (12:10). Más tarde pregunta retóricamente: “¿Hablan todos en idiomas? ¿Todos traducen?” (12:30). La respuesta esperada es evidente: no.
Los dones se distribuyen entre los miembros del cuerpo. No se entregan de forma idéntica a cada creyente.
Pablo reconoce que una lengua no traducida produce como resultado que el hablante se edifique a sí mismo mientras la iglesia no recibe beneficio (1 Cor. 14:4). Pero no presenta la autoedificación como la meta que los cristianos deben perseguir. La contrasta precisamente con la profecía, porque esta “edifica a la iglesia”.
Su preferencia es explícita: quien profetiza resulta más útil para la congregación que quien habla en idiomas, “a menos que traduzca, para que la iglesia sea edificada” (v. 5).
Por eso el argumento de 1 Corintios 14 va casi en dirección contraria a la idea moderna de que la ininteligibilidad es espiritualmente ventajosa. Pablo conduce repetidamente a los corintios desde el habla que nadie entiende hacia la comprensión, la traducción y la instrucción, porque eso es lo que edifica a los demás.
La pregunta que domina todo el capítulo es sencilla: ¿Qué beneficio obtiene la persona que escucha?
Nada de esto exige negar que el auténtico don de idiomas existiera o que Pablo mismo lo ejerciera. De hecho, Pablo dice expresamente: “No prohíban hablar en idiomas” (1 Cor. 14:39).
La cuestión no es si el don era real.
La cuestión es qué dice la Escritura que era ese don y para qué servía.
Lo que el Nuevo Testamento nunca establece claramente es una segunda categoría del don cuyo propósito normal sea un lenguaje privado e ininteligible de oración diseñado para pasar por alto el entendimiento del creyente. Esa doctrina tiene que ser deducida; nunca se enseña de manera explícita.
El ideal de Pablo es mucho más sencillo: orar con el espíritu y con el entendimiento, cantar con el espíritu y con el entendimiento, y cuando la iglesia se reúne, hablar de manera que los demás puedan entender, aprender, decir “Amén” y ser edificados (1 Cor. 14:15–19).
En cuanto a textos como Hechos 2:11, ciertamente encontramos alabanza, pero en idiomas humanos reconocibles que los oyentes entendían: “los oímos hablar en nuestros propios idiomas”. El pasaje no dice absolutamente nada acerca de un lenguaje privado de oración.
Lo mismo sucede en Hechos 10:46. Cornelio y su casa estaban “hablando en idiomas y engrandeciendo a Dios”. Una vez más, la función narrativa es evidente: esta señal convenció a los creyentes judíos de que Dios también había dado Su espíritu a los gentiles (Hech. 10:45; 11:15–18).
Hechos, por tanto, presenta a personas hablando sobrenaturalmente idiomas que nunca habían aprendido. En Pentecostés no fue necesario un traductor porque miembros de aquella audiencia internacional ya conocían esos idiomas (Hech. 2:6–11).
En 1 Corintios 12–14, Pablo también trata el don como lenguaje con significado. Pero como la congregación no necesariamente entiende el idioma que se está hablando, hace falta traducción. Pablo mismo dice: “Hay muchos idiomas diferentes en este mundo, y ninguno carece de significado” (1 Cor. 14:10).
Por eso quien habla debe orar para poder traducir (1 Cor. 14:13), o bien otra persona con el don correspondiente debe traducir lo que se ha dicho (vv. 27–28).
Ese es precisamente el punto.
Pablo nunca presenta la ininteligibilidad como el objetivo del don, ni establece claramente un segundo don separado cuyo lugar natural sea “el rincón privado de oración”.
Ahí está la gran debilidad de la práctica moderna del “lenguaje privado de oración”: toma textos preocupados de manera abrumadora por el lenguaje con significado, la traducción, la comprensión, las señales sobrenaturales, el orden y la edificación de los demás, y a partir de ellos construye una práctica separada cuya característica principal es que nadie —ni siquiera, supuestamente, el propio entendimiento del hablante— necesita saber qué se está diciendo.
Y, paradójicamente, esa es precisamente la situación que Pablo intenta corregir una y otra vez.
No comments:
Post a Comment