En su más reciente pódcast, el Dr. Dale Tuggy, uno de los académicos, autores y apologistas no trinitarios más conocidos de la actualidad, afirmó que mantiene «una postura generosa hacia los evangélicos trinitarios», los católicos e incluso «algunos mormones», sugiriendo que muchos de ellos pueden creer en las verdades fundamentales del Evangelio, aunque hayan añadido sobre ellas creencias especulativas y contradictorias. De manera similar, en su presentación en video de la conferencia de la UCA de 2023, actualmente no disponible, titulada Diez argumentos a favor del inclusivismo unitario, Dale sostuvo que la mayoría de los trinitarios son cristianos nacidos de nuevo y miembros de un mismo cuerpo, la iglesia, aun sin haber rechazado la doctrina de la Trinidad. Incluso afirmó: «Debemos reconocer a la mayoría de los trinitarios como hermanos en la fe y reconocer la obra del espíritu de Dios en sus vidas. De hecho, los necesitamos, puesto que tanto ellos como nosotros somos miembros del único cuerpo de Cristo».
Pero si Jesús identifica el conocimiento del Padre como «el único Dios verdadero» como algo esencial para obtener «la vida de la Era Venidera» en el Reino (Juan 17:3), ¿por qué debería considerarse la creencia en la Trinidad como algo no esencial o simplemente una «especulación» teológica inofensiva, en lugar de una corrupción fundamental de la fe bíblica estrictamente unitaria?
Cuando le preguntaron cuál era el mandamiento más importante (Marcos 12:28-34), Jesús confirmó el Shemá de Deuteronomio 6:4, adoptándolo así como su propia confesión de fe. No redefinió al único Dios de Israel como tres Personas distintas. En Juan 17:3, Jesús oró al Padre y lo identificó como «el único Dios verdadero», distinguiéndose de Él como el Mesías enviado por Dios.
Pablo enseñó la misma confesión de fe: «Para nosotros hay un solo Dios, el Padre, de quien proceden todas las cosas y para quien existimos» (1 Cor. 8:6a). Hay «un solo Dios y Padre de todos» (Ef. 4:6), y «un solo Dios, y un solo mediador entre ese único Dios y la humanidad, el Mesías Jesús, quien es humano» (1 Tim. 2:5).
En ninguna parte se define al «único Dios» como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo juntos. Por el contrario, a lo largo de ambos Testamentos, el único Dios es identificado consistentemente como el Padre solamente. Jesús es su Hijo humano, engendrado de manera única, a quien Dios «hizo Señor y Mesías» (Hechos 2:36), su representante humano exaltado y Rey del Reino venidero.
Históricamente, la doctrina plenamente desarrollada de la Trinidad no se encontraba en los escritos de los llamados «Padres de la Iglesia» anteriores al siglo IV d. C. El propio Dr. Tuggy ha escrito, expuesto y debatido extensamente sobre esta historia, consolidándose como uno de los principales especialistas contemporáneos en la filosofía y el desarrollo histórico de la doctrina trinitaria. Los concilios de Nicea (325 d. C.) y Constantinopla (381 d. C.) marcaron etapas decisivas en la formulación del posterior credo trinitario, considerado «ortodoxo», en lugar de limitarse a repetir la confesión judeocristiana de Jesús y sus apóstoles.
La preocupación de quienes profesamos esta fe unitaria del Nuevo Testamento y dedicamos nuestros esfuerzos a defenderla no consiste en determinar si los trinitarios son sinceros o si poseen buenas cualidades éticas y morales. Muchas personas de otras religiones, e incluso personas no religiosas, demuestran esas mismas cualidades. Tampoco se trata de atacar las motivaciones de Dale. La cuestión es la fidelidad a la fe estrictamente unitaria que él mismo ha dedicado gran parte de su vida a defender.
Si el único Dios confesado por Jesús y sus apóstoles es solamente el Padre, entonces redefinirlo como tres Personas no constituye una especulación inofensiva. Cambia fundamentalmente las identidades bíblicas del único Dios y de su Hijo.
Este no es un asunto académico de poca importancia. Juan advierte: «Todo el que va demasiado lejos y no permanece en la enseñanza del Mesías no tiene a Dios. El que permanece en la enseñanza tiene tanto al Padre como al Hijo» (2 Juan 9). Asimismo, Jesús advirtió que no todo el que le dice «Señor, Señor» entrará en el Reino, sino solamente quienes hacen la voluntad de su Padre (Mat. 7:21). Para el Nuevo Testamento, la cuestión no consiste simplemente en utilizar terminología bíblica, sino en permanecer fieles a «la sana doctrina de nuestro señor Jesús el Mesías» (1 Tim. 6:3).
Tampoco el Evangelio predicado en el Nuevo Testamento consiste simplemente en creer que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, que murió por nuestros pecados. Es «el Evangelio acerca del Reino de Dios y del nombre de Jesús el Mesías» (Hechos 8:12; compárese con 28:23, 31).
En su centro están la identidad del único Dios como Padre, su Hijo como el Mesías ungido y el Reino de Dios que vendrá sobre una tierra restaurada. ¡No se trata de escapar al cielo cuando uno muere!
Una doctrina que oscurece las identidades del Padre y del Hijo, y que frecuentemente va acompañada de un Evangelio despojado de su Reino venidero, corre el riesgo de convertirse en «otro evangelio» (Gál. 1:6-9). No puede simplemente descartarse como un conjunto de especulaciones teológicas inofensivas o como simples «cosas» que supuestamente no tienen ninguna consecuencia para la salvación final de una persona.
En su más reciente pódcast, el propio Dale advirtió sobre el peligro de elaborar teorías que terminen llevándonos a creencias incompatibles con la revelación divina. Pues bien, si Jesús enseña que la vida en la era venidera depende de conocer al Padre como «el único Dios verdadero», ¿cómo puede entonces el «inclusivismo unitario» tratar definiciones fundamentalmente diferentes de Dios y del Evangelio como si fueran simples capas adicionales de «cosas» teológicas?
Las Escrituras ordenan al pueblo de Dios ejercer discernimiento y «juzgar con justo juicio» (Deut. 13; Juan 7:24). Esto significa evaluar las afirmaciones doctrinales de las personas a la luz de las Escrituras, no condenar a los individuos al lago de fuego. El juicio final pertenece a Dios y a su Mesías designado (Hechos 17:31).
Al mismo tiempo, se nos manda defender la fe que fue entregada una vez para siempre a los santos (Judas 3). ¡Y seguramente esa defensa debe comenzar con el primero y más importante de todos los mandamientos, precisamente la confesión de fe que Jesús mismo proclamó!
Por lo tanto, debemos tener cuidado de que, en nuestros esfuerzos por ser generosos e inclusivos, no terminemos haciendo precisamente aquello contra lo que Dale mismo advirtió: haber «elaborado teorías hasta llegar a algo que no es compatible con la revelación divina».
¡Ya sea accidentalmente o no!
¡Amén a eso, Dale Tuggy!