Saturday, September 26, 2026

Un llamado a volver al arrepentimiento bíblico

¿Es incondicional el perdón? Por Barbara Buzzard

Este es un tema sorprendentemente polémico. Parece que la sociedad ha cambiado las reglas y los requisitos que antes se consideraban necesarios cuando alguien cometía una ofensa. El modelo bíblico ya no se toma como norma absoluta para reconstruir una relación quebrantada. Nuestros criterios sobre el perdón se han ampliado tanto que incluso en cierta consejería “cristiana” ya no se considera necesario el arrepentimiento.

Esto parece contradecir el modelo bíblico que vemos, por ejemplo, en 2 Crónicas 7:14: “Si mi pueblo… se humilla, ora… busca… y se vuelve… entonces yo oiré… y perdonaré”. También Jeremías 9:5b: “Cometen maldad y están demasiado cansados para arrepentirse” (NRSV). E Isaías 1:27: “Sion será redimida con justicia, y los que en ella se arrepientan, con rectitud”.

Dios exige un corazón contrito. Es la única manera en que Él puede obrar con nosotros. No hay sustituto. Tengamos cuidado con cualquier sustituto de un corazón quebrantado. Bíblicamente, el arrepentimiento parece ser indispensable, y precisamente esto se encuentra en el centro de esta gran división, mientras la sociedad e incluso algunos consejeros aconsejan simplemente: “Olvídalo y sigue adelante”.

¿Perdón barato?

“Dios tiene una política de puertas abiertas, pero la puerta por la que entramos lleva el letrero: ‘Arrepentimiento’”.¹

El arrepentimiento es el precio de entrada. Como dice Mateo 3:8, debemos producir fruto que corresponda al arrepentimiento, o que sea digno de él.

Sin embargo, muchos autores y consejeros no están de acuerdo. Sostienen que uno debe perdonar pase lo que pase, argumentando que esta es la manera cristiana de actuar. Quienes están del otro lado consideran esto un “perdón barato” y señalan que pasa por alto la gravedad de la herida, además de obstaculizar la posibilidad de desarrollar una relación saludable.

Consideran peligrosa la ausencia de esa indignación moral que debería preceder al arrepentimiento. Entienden que el perdón se hace posible cuando la víctima ya no tiene que cargar con la responsabilidad de exigir cuentas al ofensor, porque el propio ofensor asume responsabilidad por lo que hizo. Hay mucho en juego aquí: el futuro de la relación.

El perdón no equivale a reconciliación. Tampoco necesariamente restaura una relación. Sin remordimiento ni siquiera tenemos la seguridad de una tregua temporal. Por ejemplo, si no existe arrepentimiento por la ofensa, ¿cómo puede saber la víctima que no volverá a ocurrir una y otra vez? Evidentemente no existen garantías y todos fallamos, pero la cuestión aquí es si el corazón del transgresor ha cambiado. ¿Es seguro restablecer una buena relación si el ofensor no ha cambiado radicalmente?

La confianza debe reconstruirse, y un espíritu de arrepentimiento puede contribuir a ello. Cuando el ofensor demuestra que comprende el daño causado y que este le afecta profundamente; cuando trabaja para reparar lo que hizo, entonces quizás sea seguro permitirle nuevamente formar parte de nuestra vida.

Más popular es el enfoque de “no exigir demasiado”, acompañado del consejo de “seguir adelante”: una especie de fórmula rápida de “perdona y olvida” que pretende servir para todos. El otro lado responde que esta filosofía de “perdona, olvida y sigue con tu vida” es ofensiva y revela una debilidad moral que no corresponde a lo que enseñan las Escrituras.

No se permiten sustitutos

El arrepentimiento parece ser la llave del corazón de Dios. A lo largo de las Escrituras encontramos constantemente este tema. En la Biblia de Jerusalén, por ejemplo, el arrepentimiento se menciona unas noventa veces. Dios invita e incluso ruega a su pueblo que se arrepienta.

Él específicamente nos da tiempo para arrepentirnos: “¿No te das cuenta de que la bondad de Dios quiere conducirte al arrepentimiento? Pero por tu corazón duro e impenitente estás acumulando ira” (Rom. 2:4-5).

Jeremías 3:13a expresa la misma idea: “Solo reconoce tu culpa”. Dios nos da la oportunidad de humillarnos. Lo que Él busca es honestidad de carácter. La verdadera prueba de una persona está en reconocer sus errores y procurar corregirlos.

El Salmo 7:12 advierte que, si no hay arrepentimiento, Dios afilará su espada. Y Proverbios 28:13 contrasta a quienes encubren sus pecados con quienes los confiesan. Estos últimos son quienes recibirán misericordia.

Apocalipsis 3:19 nos exhorta a ser diligentes y arrepentirnos. El arrepentimiento traerá redención (Isa. 1:27). “La tristeza sin arrepentimiento es la que produce muerte” (2 Cor. 7:10b). “El que encubre sus pecados no prosperará; pero el que los confiesa y los abandona alcanzará misericordia” (Prov. 28:13).

¿Será posible que nuestra sociedad haya sustituido la responsabilidad por desafío, y el arrepentimiento por justificaciones?

El perdón genuino requiere una transferencia de vigilancia

“Después de una herida traumática, es probable que tú, la persona herida, te vuelvas hipervigilante, patrullando constantemente la frontera entre tú y el ofensor para asegurarte de que nunca vuelvas a ser engañado o lastimado. Puede que vivas y respires la ofensa, obsesionado con sus desagradables detalles. El ofensor, en cambio, puede querer reprimir, negar o minimizar su conducta indebida.

“Con el perdón genuino ocurre un profundo cambio de preocupación. Tú, el ofensor, demuestras que eres plenamente consciente de tu transgresión y que tienes la intención de no repetirla. Tú, la persona herida, dejas de estar tan preocupada por la ofensa y comienzas a soltarla”.²

Obsérvese la interacción que tiene lugar aquí. El ofensor reconoce plenamente la gravedad de la transgresión. El perdón genuino requiere la participación activa del ofensor. Evidentemente existen excepciones, por ejemplo, cuando el ofensor ha muerto.

Sin embargo, esto es precisamente lo opuesto de lo que muchas veces se aconseja. Parece existir una tendencia a colocar a ambas “partes” en el mismo nivel, como si no hubiera víctima ni agresor. En mi opinión, esto es psicología llevada al absurdo, porque evita el trabajo honesto que implica llamar a la maldad por su verdadero nombre.

Existe un antiguo proverbio chino que dice: “El comienzo de la sabiduría consiste en llamar a las cosas por su nombre”. Sí existen el transgresor y la persona transgredida. Trágicamente, hay personas en nuestra sociedad que hacen cosas perversas y terribles.

Parte del trabajo de un consejero debería consistir en impulsar al arrepentimiento, no en evitar hablar del pecado ni en colocar moralmente a ambas partes al mismo nivel. Recurrir simplemente a abrazos grupales al final del día, en lugar de ofrecer consejo verdadero y honesto, me parece un fraude.

“Perdonar el pecado bajo cualquier circunstancia, incondicionalmente, y reconciliarse con el ofensor que no se arrepiente comunica un evangelio falso. No es bíblico. Dios no actúa así, ni nos manda actuar así. Sin embargo, negarse a perdonar los pecados cometidos contra nosotros también comunica un evangelio falso. Entonces, ¿qué debe hacer el creyente?”³

Enfrentar el pasado por el bien del futuro

“El perdón genuino no es un indulto concedido unilateralmente por la persona herida. Es una empresa compartida, un intercambio entre dos personas unidas por una transgresión interpersonal”.⁴

La autora añade: “El perdón genuino debe ganarse. Tiene un precio que el ofensor debe estar dispuesto a pagar. A cambio, la persona herida debe permitirle saldar su deuda”.⁵

Esta fórmula sencilla y bíblica es necesaria para restaurar la confianza. El enfoque de “simplemente sigue adelante” contrasta radicalmente con esto. Puede convertirse en una excusa para nunca enfrentar el problema. Enfrentamos el pasado por el bien del futuro.

“Y si has tomado un camino equivocado, seguir avanzando no te acercará más a tu destino. Si estás en el camino incorrecto, progresar significa dar media vuelta y regresar al camino correcto; y, en ese caso, el hombre que regresa más pronto es el que más progresa… Volver atrás es la forma más rápida de avanzar”.⁶

Esto va contra nuestra naturaleza, pero es bíblico y sensato.

Dios parece obrar siempre mediante procesos: aprender, crecer, madurar. No simplemente nos entrega un producto terminado. El proceso debe completarse.

Así como una receta médica advierte: “Tómese exactamente según las indicaciones”, también debemos seguir con precisión el proceso o la receta de Dios; no podemos eliminar ninguno de sus pasos.

Las Escrituras nos dan pasos claros y definidos sobre cómo actuar cuando un hermano comete una ofensa. Es interesante observar que incluso algunos consejeros seculares incluyen el arrepentimiento como requisito para reconstruir relaciones. A veces parecen mantener un código de conducta más estricto que algunos consejeros cristianos.

¿No será posible que hayamos suavizado tanto aquello que no queremos enfrentar que terminamos perjudicando a quienes buscan ayuda y orientación? El proceso entonces deja de ser eficaz porque ese ingrediente vital llamado arrepentimiento es minimizado o pasado por alto.

“Parece que muchos hoy quieren promover pecado sin consecuencias, moralidad sin absolutos y perdón sin arrepentimiento”.⁷

“La reconciliación no debería ocurrir hasta que exista arrepentimiento.”

“Si el perdón, culminando en reconciliación, ha de producirse, el mal debe arrepentirse con claridad y convicción. ¿Significa esto que, si no existe arrepentimiento, no puede ofrecerse perdón? Si el perdón se define como un proceso continuo de desear la restauración, renunciar a la venganza y ofrecer el bien, entonces debemos mantener esa disposición hasta que se produzca la reconciliación. Pero la reconciliación no debería ocurrir hasta que exista arrepentimiento”.⁸

Este punto de vista tiene sentido para mí. Existe un momento para seguir adelante, pero no eliminando este ingrediente fundamental.

A menos que las personas digan la verdad acerca de lo que han hecho y cambien su manera de pensar y su conducta, simplemente no es posible una relación basada en la confianza. Es decir, el perdón no siempre restaura la confianza. Tampoco el perdón necesariamente produce reconciliación.

El arrepentimiento es la clave. Puede introducir un poder regenerador en una relación. Es lo que Dios busca de nosotros. El lado negativo se expresa así: “Si uno no se arrepiente, Dios afilará su espada” (Sal. 7:12).

Pensemos en esta situación: dos niños pequeños están peleando. Uno de ellos deliberadamente arremete contra el otro y lo patea. Usted interviene. El agresor continúa enojado; el otro niño está herido y llorando.

¿Qué exigiría usted antes de permitirles volver a jugar juntos? Si insistiera en el perdón sin remordimiento, ¿por qué habría de querer el niño golpeado invitar de nuevo al agresor a formar parte de su vida?

Tal vez muy pocas personas se preguntan: ¿por qué querría X —a quien he ofendido gravemente— volver a tenerme en su vida?

El mensaje del arrepentimiento fue tanto el primer mensaje después del bautismo de Jesús (Mar. 1:15) como uno de los últimos mensajes dirigidos a la iglesia (Apoc. 3:19). Ambos son mensajes de enorme importancia.

El arrepentimiento fue también el mensaje urgente de los profetas. Pablo reconoce su importancia: “Ahora me alegro, no porque fueron entristecidos, sino porque su tristeza los llevó al arrepentimiento” (2 Cor. 7:9).

El arrepentimiento agrada a Dios, pero también nos sana. Es restaurador y alimenta nuestra propia alma. No podemos hacer mucho bien para Dios ni para el mundo sin un corazón quebrantado, una de las consecuencias de la verdadera tristeza.

Es un regalo que podemos ofrecer a Dios, y Él lo acepta como algo sumamente valioso: “Yo reprendo y disciplino a todos los que amo. Sé, pues, celoso y arrepiéntete” (Apoc. 3:19).

Nos engañamos a nosotros mismos si pensamos que existe otro camino.

No encubrir la ofensa

Como se observa en People of the Lie,⁹ un saludable sentimiento de repulsión hacia uno mismo puede ser positivo después de haber cometido una acción que ha causado daño y dolor. Puede impulsar a la persona a actuar y llevarla a una posición de humildad y contrición.

En Hechos 28:27 aparece una severa advertencia respecto al endurecimiento del corazón, que impide arrepentirse y ser sanado.

En el mundo actual, este endurecimiento del corazón ocurre cuando justificamos y racionalizamos nuestras acciones. Nos engañamos pensando que actuamos correctamente cuando, en realidad, hemos violado profundamente a otra persona.

La esencia del arrepentimiento consiste sencillamente en decir y sentir que uno lo lamenta. Palabras auténticas y sinceras de pesar pueden producir un enorme efecto sanador.

Así como algún día todos deberán doblar la rodilla, todos también deberán reconocer su culpa. Es una deuda emocional de la vida que debe pagarse.

Nada de cubrir la ofensa, nada de excusas, nada de minimizar el daño.

Hablando del concepto del Antiguo Testamento de restitución que acompañaba determinadas ofensas, se ha dicho:

“La restitución también puede producir en la persona un verdadero sentido de culpabilidad moral, lo cual puede conducir al arrepentimiento genuino y a la decisión del transgresor de tomar decisiones diferentes que conduzcan a una vida mejor”.¹⁰

Lecciones para la vida

“A decir verdad, la mecánica de una buena disculpa no es difícil de comprender. Una mala disculpa es evasiva y mezquina, un intento de evitar asumir plena responsabilidad. Las buenas disculpas consisten en dar un paso al frente.

“El sabio Maimónides dijo que el verdadero arrepentimiento exige humildad, remordimiento, paciencia y reparación. No ha cambiado mucho desde entonces.

“Básicamente, debes asumir responsabilidad por la ofensa, aunque te resulte incómodo. Di claramente lo que hiciste, aunque te avergüence… Reconoce el impacto de lo que hiciste… repara el daño…

“Y, por favor, nunca te presentes a ti mismo como la parte agraviada. Tú no eres el héroe de esta historia. Por eso debes decir: ‘Lamento haber hecho algo que te hirió’, y no: ‘Lamento si te sentiste herido’.

“Una buena disculpa significa exponerse con sinceridad. Significa ponerse en el lugar de la otra persona y darle lo que necesita. En resumen, no se trata de ti”.¹¹

Este es un consejo práctico de enorme valor. Funciona. Y da exactamente en el blanco: justificar nuestras acciones en lugar de arrepentirnos de ellas nos convierte mentalmente en víctimas cuando en realidad somos los ofensores. Eso es un autoengaño.

¿Cómo podemos obedecer el mandato de Lucas 3:8 y Hechos 26:20 de mostrar o producir frutos dignos de arrepentimiento si primero no reconocemos la necesidad de este requisito fundamental?

Estos textos parecen indicar que el arrepentimiento verdadero es evidente y visible, porque la persona demuestra un corazón cambiado y un deseo claro de hacer las cosas bien.

No debemos perder de vista esto en nuestro mundo rápidamente cambiante. Se nos han dado pautas claras: habrá fruto, un fruto coherente con el arrepentimiento.

“Por tanto, produzcan fruto que demuestre su arrepentimiento” (NET Bible).

“Una de dos cosas precede al perdón: la expresión de remordimiento del transgresor o la decisión de la víctima de abrazar nuevamente la vida después del daño”.¹²

Hax y otros sostienen que existen dos caminos después de una transgresión grave. O bien el transgresor experimenta verdadero remordimiento —una profunda repulsión moral hacia sus propias acciones—, o encontramos ausencia de remordimiento, justificación y victimización.

Obsérvese que, en el primer caso, la persona dañada queda invitada a interactuar nuevamente debido al arrepentimiento del otro. Las vidas pueden reconstruirse y la confianza puede recuperarse.

En el segundo caso, la víctima no tiene otra alternativa que abrazar nuevamente la vida después del daño. Es fundamental que haya crecimiento, pues de lo contrario esa herida puede robarle la alegría, dominar su espíritu y posiblemente devastar su futuro.

Dios no desperdicia nada, ni siquiera el dolor, y su extraordinario principio de sacar bien del mal puede derrotar una situación horrible.

¿Una reconciliación superficial?

Hay algo hermoso en reparar el daño. Nadie puede hacerlo completamente solo, y la justicia no se busca simplemente para culpar a los demás, sino para que sea posible hacer las paces y reparar.

Como hemos dicho, se trata de un intercambio entre dos personas vinculadas por una transgresión.

Sin arrepentimiento, alguien está deteniendo el proceso de reconciliación: no hay resolución, no hay paz.

La decoración “shabby chic” puede estar muy de moda, pero en las relaciones humanas y delante de Dios, creo que no funciona.

Los Amish practican el perdón recibiendo nuevamente al miembro que se ha apartado, pero siempre después de la confesión. Y el Día de la Expiación judío tiene como elementos centrales la confesión y el arrepentimiento.

El perdón implica que la otra persona ya ha confesado el pecado. O, por lo menos, así se entendía tradicionalmente. Hoy esta idea está siendo alterada y redefinida.

Pero ¿existe realmente alguna manera de escapar de la confesión?

¿Formaría parte de las Escrituras la historia del hijo pródigo si este nunca se hubiera arrepentido? Obsérvese que el padre ni siquiera permitió que el hijo terminara su confesión antes de recibirlo nuevamente; tan ansioso estaba por perdonarlo.

Nosotros también debemos estar deseosos de perdonar y orar constantemente con ese propósito.

La misma compasión y misericordia que nos han sido extendidas debemos extenderlas a los demás.

Hoy escuchamos mucho acerca del “cierre” emocional y de lo importante que es. El arrepentimiento puede producir ese cierre.

La palabra arrepentimiento significa realmente cambio, y es precisamente el conocimiento de ese cambio de corazón lo que permite que una amistad pueda reavivarse.

Se consideraría insensato que una esposa perdonara a su esposo por adulterio mientras él continúa cometiéndolo. Solo después de que cambie su comportamiento y busque el perdón puede siquiera contemplarse una restauración.

Hasta que exista arrepentimiento, la ofensa continúa.

Todos conocemos casos extraordinarios de perdón. Por ejemplo, cuando un niño pequeño es asesinado y sus padres dicen que perdonan al asesino. No es mi intención disminuir de ninguna manera estos impresionantes actos.

Sin embargo, ese no es el enfoque de este estudio.

Existen magníficos recursos para ayudar a las personas con el perdón: organizaciones, centros de investigación, innumerables libros y materiales de consejería.

Perdonar es una acción bendita, hermosa y extraordinaria.

No se nos permite buscar venganza, guardar rencor ni vivir con amargura. Ni siquiera deberíamos llevar un registro de los males que hemos sufrido. No debemos aferrarnos a nuestras heridas y agravios.

De hecho, permitir que las ofensas cometidas contra nosotros gobiernen nuestra vida puede convertirse en una auténtica trampa de Satanás.

Pero no puedo imaginar una situación en la que un padre se sentara tranquilamente con quien asesinó a su hijo mientras ese asesino todavía albergara en su corazón la intención de volver a hacerlo.

Existen dos circunstancias excepcionales en las Escrituras donde el arrepentimiento no se menciona específicamente.

En Lucas 23:34 Jesús dice: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y en Hechos 7:60 Esteban pide que el pecado de quienes lo apedrean no les sea tomado en cuenta.

Ni Jesús ni Esteban estaban anulando el mandato de Dios de arrepentirse. Pensar que aquellas personas no necesitaban arrepentirse sería inconcebible a la luz de los requisitos establecidos por las Escrituras.

El arrepentimiento es la limpieza

En Mateo 6:12 recibimos la extraordinaria fórmula para alcanzar el perdón:

“Perdónanos nuestros pecados, así como nosotros hemos perdonado a los que han pecado contra nosotros”.

También sabemos que no existe límite para nuestro perdón cuando nuestro hermano se arrepiente, como vemos en el modelo de perdonar “setenta veces siete” (Luc. 17:4; Mat. 18:21).

Sabemos que fue perverso que el siervo de Mateo 18:28-33 se negara a perdonar cuando se le pidió misericordia.

Pero bíblicamente el perdón siempre implica arrepentimiento:

“Si otro creyente peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo” (Luc. 17:3-4).

Pensar que uno está siendo más generoso o amoroso ignorando el arrepentimiento sería como reconstruir una casa encima de los escombros después de un tornado sin haber limpiado primero la destrucción.

El arrepentimiento es la limpieza.

Así como en la naturaleza la tierra debe ser quebrada antes de producir una cosecha; las uvas deben ser trituradas antes de producir vino; las nubes deben romperse antes de que caiga la lluvia, también existen condiciones que deben cumplirse cuando se ha causado daño.

Debemos permitir que el SEÑOR defina esas condiciones.

Una de las oraciones más eficaces que podemos hacer es pedirle a nuestro Padre que nos muestre nuestros pecados para que podamos arrepentirnos de ellos.

Así como una hermosa composición musical necesita terminar en la nota correcta, también los conflictos necesitan llegar a una conclusión adecuada para que pueda haber paz.

Nuestro Dios también establece una condición:

“Si hubiera ocultado pecado en mi corazón, mi Señor no me habría escuchado” (Sal. 66:18).

Cuando seguimos el modelo bíblico y acudimos al trono celestial, tenemos la seguridad del perdón.

¡Qué extraordinario es que Dios perdone e incluso olvide nuestros pecados, y que lo que Él recuerde sea la sangre de su Hijo, que hizo posible nuestro perdón!¹³

Que nuestra manera de vivir honre a Aquel que hizo posible todo esto y al Hijo que entregó su vida para que pudiéramos ser perdonados.


¹ Henri Nouwen, The Road to Peace, 1998.
² Janis Abrahams, Ph.D., How Can I Forgive You?, p. 122.
³ Dana Neel, Forgiveness.
⁴ How Can I Forgive You?, p. 123.
⁵ Ibid., p. 123.
⁶ C. S. Lewis, Mere Christianity, pp. 28-29.
⁷ J. Gerald Harris, editorial, The Christian Index, 16 de mayo de 2013.
⁸ Dr. Dan B. Allender y Dr. Tremper Longman III, Bold Love.
⁹ M. Scott Peck, People of the Lie.
¹⁰ Cal Thomas, “Restitution and Shaming”, The Citizen, 3 de diciembre de 2014.
¹¹ Ibid.
¹² Carolyn Hax, columnista de The Washington Post.
¹³ Janie B. Cheaney, “Into the Depths of the Sea”, World, 7 de abril de 2012.

A Plea for a Return to Biblical Repentance Is Forgiveness Unconditional?

by Barbara Buzzard


This is a surprisingly controversial subject. It appears that society has changed the ground rules and the requirements from what they used to be, when an offense occurs. No longer is the biblical model an absolute for rebuilding a fractured relationship. Our standards for forgiveness have so broadened that even in some “Christian” counseling repentance is no longer required. That seems to defy the biblical model as seen in 2 Chronicles 7:14: “If my people…will humble themselves and pray…and seek…and turn…then I will hear…and forgive.” And Jeremiah 9:5b: “They commit iniquity and are too weary to repent” (NRSV). Isaiah 1:27: “Zion will be redeemed by justice and those in her who repent by righteousness.” God requires a contrite heart. It is the only way He can work with us. There is no substitution. Beware substitutions for a broken heart. Biblically, repentance seems to be required and that is what is at the heart of this great divide, as society and even counselors advise, “Just move on.”

Cheap Forgiveness?

“God has an open door policy, but the door we go through is marked ‘Repentance.’”[1] Repentance is the price of entry. As in Matthew 3:8 we are to bring forth fruit in keeping with or worthy of repentance. However, many authors and counselors disagree. They maintain that one must forgive no matter what, and they argue that this is the Christian way. Those on the other side regard this as cheap forgiveness and stress that it bypasses the injury, as well as hampering a possibility of developing a healthy relationship. They feel that the absence of moral disgust which should precede repentance is dangerous. They see forgiveness as being accomplished when the victim no longer has to hold the wrongdoer responsible for the injustice; the wrongdoer holds himself responsible. There is much at stake here — the future relationship.

 Forgiveness does not equal reconciliation. Nor does it necessarily restore a relationship. Without remorse, we don’t even have the assurance of a temporary cease- fire. For example, if the offense is not repented of, how can the victim know that it will not be repeated again and again? (Obviously, there are no guarantees and we all fail, but what is in question here is whether the heart of the violator is changed. Is it safe to reinstate a good relationship if the offender has not changed radically?) Trust must be rebuilt and it is a spirit of remorse that can do that. When the offender demonstrates that he understands and is disturbed by the harm he has caused; when he works to make repairs, it is then that one might find it safe to invite him back into one’s life.

More popular is a “not too much required” approach, with “move on” advice, a kind of quick “one size fits all” forgive and forget for all-comers. The other side says this “forgive and forget, get on with your life” philosophy is an insult, revealing a moral shakiness that is not what Scripture teaches.

No Substitutions Allowed

Repentance seems to be the key to God’s heart. There is a constant theme of repentance in the Scriptures. Repentance is mentioned ninety times in the Jerusalem Bible. God invites, even begs His people to repent. He specifically gives us time to repent: “Do you not realize that God’s kindness is meant to lead you to repentance? But by your hard and impenitent heart you are storing up wrath” (Rom. 2:4-5). And Jeremiah 3:13a employs the same theme: “Only acknowledge your guilt.” God gives us opportunity to humble ourselves. It is honesty of character that He is after. The true test of an individual is admitting and fixing his mistakes. Psalm 7:12 warns that if we do not repent, God will sharpen His sword, and Proverbs 28:13 compares those who cover their sins with those who confess them. The latter will be the ones who receive mercy.

Revelation 3:19 exhorts us to be diligent and repent. Repentance will be redeeming (Isa. 1:27). “Sorrow without repentance is the kind that results in death” (2 Cor. 7:10b). “People who cover over their sins will not prosper. But if they confess and forsake them, they will receive mercy” (Prov. 28:13). Is it possible that society has substituted defiance for accountability and justification for penitence?

Genuine Forgiveness Requires a Transfer of Vigilance

“After a traumatic injury, you, the hurt party, are likely to become hyper-vigilant, patrolling the border between you and the offender, making sure you’ll never be violated or fooled again. You may live and breathe the injury, obsessed with its grubby details. The offender in contrast may want to repress, deny, or minimize his wrongful behavior. With Genuine Forgiveness, a profound shift in preoccupation takes place. You, the offender, demonstrate that you’re fully conscious of your transgression and intend never to repeat it. You, the hurt party, become less preoccupied with the injury and begin to let it go.”[2] Please note the interaction which takes place here. The offender acknowledges the full force of the violation. Genuine forgiveness requires the offender’s involvement and participation. (Obviously, there are exceptions, e.g. after the death of the offender.) However, this is exactly the opposite of what is often being advised; there seems to be an ethic in place to make both “sides” equal, i.e. there is no victim and no offender. This is, in my opinion, psychology gone mad, choosing not to do the honest work involved — naming wrongdoing for what it actually is.

 There is an ancient Chinese proverb which says, “The beginning of wisdom is to call things by their right names.” We do have the violator and the violated. Tragically, people in our society do creepy and vicious things. Part of the work of a counselor would be to urge repentance, not to avoid the sin or to equate the two parties. Resorting to group hugs at the end of the day, failing true and honest counsel, in my opinion, is a fraud.

“To forgive sin under all circumstances, unconditionally, and to reconcile with the unrepentant offender communicates a false gospel. It is not biblical. This is not what God does, nor is it what He commands us to do. However, to be unforgiving of sins against us by others also communicates a false gospel. So what is a believer to do?”[3]

Face the Past for the Sake of the Future

“Genuine Forgiveness is not a pardon granted unilaterally by the hurt party. It’s a shared venture, an exchange between two people bound together by an interpersonal violation.”[4] The author also makes the point that “Genuine Forgiveness must be earned. It comes with a price that the offender must be willing to pay. In exchange, the hurt party must allow him to settle his debt.”[5] This simple and biblical formula is what is needed to restore trust. The “move on” approach is in stark contrast to this. It can be used as an excuse never to face the issue. We face the past for the sake of the future.

“And if you have taken a wrong turning, then to go forward does not get you any nearer. If you are on the wrong road, progress means doing an about-turn and walking back to the right road; and in that case the man who turns back soonest is the most progressive man…Going back is the quickest way on.”[6] This is against our nature, but is both biblical and smart.

God seems always to work through process, e.g. learning, growing, maturing. He doesn’t just hand us a finished product. This process must be completed. As with medical prescriptions which emphasize “take exactly as directed,” so too, God’s process or recipe must be followed precisely; a step cannot be removed or eliminated. The Scriptures give us clear, delineated steps as to what action to take with regard to the offense of a brother. (It is interesting to note that Dr. Laura and Dr. Phil include this step of repentance as a necessity for rebuilding relationships.) They seem even to maintain a stricter code of behavior than some Christian counselors. Is there not a possibility that we have so massaged and gentled what we don’t want to face that we have done damage to those seeking help and advice? And the process becomes ineffective, that vital ingredient of repentance being undervalued and passed over. “It seems that many today want to propose sin without consequences, morality without absolutes, forgiveness without repentance.”[7]

“Reconciliation should not occur until there is repentance.”

“If forgiveness, fulfilled in reconciliation, is to occur, evil must repent with clarity and conviction. Does this mean that if repentance does not occur, then forgiveness cannot be offered? If forgiveness is defined as a continuing process of hungering for restoration, revoking revenge, and offering good gifts, then we are to forgive until there is reconciliation. But reconciliation should not occur until there is repentance.”[8] This view makes sense to me. There is a time and a place to move on, but not without this critical ingredient. Unless people speak the truth about what they have done and change their minds and their behavior, a relationship of trust is just not possible. Which is to say that forgiveness does not always restore trust. Nor will forgiveness necessarily bring reconciliation. Repentance is the key here. It can bring a regenerative power to the relationship. It is what God wants most from us. The negative side is this: “If one does not repent, God will sharpen His sword” (Ps. 7:12).

Consider this scenario: two young boys are fighting. One purposely lashes out and kicks the other. You interrupt the fight. The offender is still angry, the other boy hurt and crying. What would you require before you let them play together again? If you insisted on forgiveness without remorse, why would the boy who has been kicked want to invite the other boy back into his life? Perhaps too few people ask themselves this question: why would X (who I have grievously offended) want to have me back in his life?

The message of repentance was both the first message after Jesus’ baptism (Mark 1:15) and the last message to the church (Rev. 3:19), both messages of extreme importance. Repentance was the urgent message of all the prophets. Paul recognizes its significance: “Now I rejoice, not because you were grieved, but because your grief led to repentance” (2 Cor. 7:9). Repentance pleases God, but it heals us. It is restorative and nutritious to our very souls. We don’t do God or the world much good without a broken heart, one of the after-effects of true sorrow. It is a gift we can offer to God and He readily accepts it as a hugely valuable token. “I reprove and discipline those whom I love. Be earnest, therefore, and repent” (Rev. 3:19). We deceive ourselves if we think there is any other way.

No Papering over the Offense

As seen in People of the Lie,[9] a healthy sense of self loathing is a good thing after an action which has caused hurt and pain. It can move a person to action, to a place of contrite humility. A very stern warning is given in Acts. 28:27 with regard to the hardening of one’s heart which prevents one from repenting and being healed. In today’s world this hardening of the heart happens when we justify and rationalize our actions. We deceive ourselves into thinking we behaved properly when, in fact, we have violated the human condition. The essence of repentance is just to say and be sorry — authentic, genuine words of sorrow may have a hugely healing effect. As everyone will have to bow the knee, so too everyone will have to say sorry, to acknowledge guilt.It is an emotional bill of life which must be paid.  No papering over the offense, no excuses and no minimizing of damage.In speaking of the Old Testament concept of restitution which accompanied some offenses: “Restitution can also instill true moral guilt in a person, which can lead to genuine repentance and a decision by the perpetrator to make different choices leading to a better life.”[10]

Life Lessons

“In truth, the mechanics of good apologies aren’t difficult to understand. A bad apology is cagey and ungenerous, an attempt to avoid taking full responsibility. Good apologies are about stepping up. The l2th-century sage Maimonides said that true repentance requires humility, remorse, forbearance, and reparation. Not much has changed since then. Basically, you must take ownership of the offense, even if it makes you uncomfortable. Name what you did, even if it makes you squirm…Acknowledge the impact of what you did. …make reparations…If you said something bone-headed, educate yourself about why your remark was offensive. And for heaven’s sake, never present yourself as the aggrieved party. You are not the hero of this story. That’s why you have to say, ‘I’m sorry that I did something hurtful,’ not ‘Sorry if you were hurt.’ A good apology means laying yourself bare. It means putting yourself in the other person’s position, giving [him] her what [he] she wants and needs. In short, it’s not about you.”[11] This is enormously valuable practical advice. It is what works. And it is spot on — justifying our actions rather than repenting of them turns us into victims rather than offenders and that is delusional thinking.

How are we to obey the command in Luke 3:8 and Acts 26:20 to show/bring forth fruits worthy of repentance without first recognizing the need for this first and most basic requirement? These scriptures seem to say that true repentance is evident and visible, as the person displays a changed heart and an obvious desire to make things right. We must not lose sight of this in our rapidly changing world. We have been given guidelines: there will be fruit — fruit that is consistent with repentance. “Therefore produce fruit that proves your repentance” (NET Bible).

“One of two things precedes forgiveness: the transgressor’s expression of remorse or the victim’s embrace of life after damage.”[12] Hax and others maintain that there are two paths after a serious transgression occurs; either the transgressor is seriously remorseful (moral disgust at his own actions), or absence of remorse and justification or playing the victim. Note that in the first scenario, the one damaged is invited to interact by virtue of the repentance of the other. Lives can be rebuilt and trust regained. In the second case the victim has no choice except to embrace life after damage. It is imperative that growth happens or this injury will steal joy, rule the spirit, and possibly devastate the future. God wastes nothing, not even pain, and His brilliant principle of bringing good out of evil will defeat an ugly situation.

Shabby Chic?

There is something beautiful about making amends. One cannot do it alone, and one does not desire justice in order to place blame on others but so that one can make amends. As stated earlier, it is an exchange between two people bound together by a violation. Without repentance, one holds up the reconciliation process; no resolution, no peace. Shabby chic is very popular in decorating, but in relationships and before God, I think not.

The Amish practice forgiveness by welcoming back a straying member, but always after confession. And the Jewish Day of Atonement is central to confession and repentance. Forgiveness implies the other party has already confessed to a sin. Or this is what used to be the case. It is being altered and redefined. But is there any refuge or escape from confession? Would the story of the prodigal son be a part of Scripture had he not repented? (Note that the father did not even allow the son to finish his repentance before he forgave him, so eager he was to forgive. And so should we be eager to forgive and praying constantly toward that end.) The very compassion and mercy which have been extended to us — we must extend to others.

We hear much about closure and how important it is. It is repentance which can bring closure. The word repentance actually means change and it is knowledge of that change of heart which allows friendship to be rekindled. A wife would be considered foolish if she were to forgive her husband of adultery while he was still engaging in it. It is only after the changing of his ways and the seeking of forgiveness that it can even be considered. Until there is repentance, the offense is ongoing.

We are all aware of heroic cases of forgiveness, when, for example, a little child has been murdered and the parent says that he forgives the murderer. It is not my intent to take anything away from these astonishing acts in any way. However, that is not the focus of this inquiry. There are amazing resources available to help one with forgiveness: research councils, organizations devoted to help, a myriad of books and counseling materials. Forgiveness is a blessed action, an awesome and beautiful thing. We are allowed no revenge, no grudges, no bitterness. We shouldn’t even keep a record of the wrongs we suffered. We are not to hold on to hurts and wrongs. In fact, to be governed by the offenses done to one can be the very bait of Satan. I can think of no example, however, when a parent would sit down with the one who murdered their child if the murderer still harbored that intention in his heart.

There are two exceptional circumstances in Scripture where repentance is not specifically required. Luke 23:34: “Father, forgive them for they do not know what they are doing.” And in Acts 7:60 Stephen asks that those stoning him be forgiven. Neither Jesus nor Stephen were overriding God’s directive to repent. To say that those in question need not repent is unthinkable according to the scriptural prerequisites.

Repentance is Clean-up

We are given the brilliant formula for achieving forgiveness in Matthew 6:12: “Forgive us our sins, just as we have forgiven those who have sinned against us.” And we also know that there is no end to our forgiving when our brother repents with the illustration of the seventy times seven model (Luke 17:4; Matt. 18:21). We know that it was wicked of the servant in Matthew 18:28-33 not to forgive when he was asked. But Biblically forgiveness always implies repentance. “If another believer sins, rebuke him; then if he repents, forgive him” (Luke 17:3-4). To think that one is being generous or loving by ignoring repentance would be like building on top of the devastation after a tornado, without clean-up. Repentance is clean-up.

As in nature, soil must be broken before it can produce a crop; grapes must be crushed before they can produce wine; clouds must burst before rain can come — so there are conditions which must be met when harm has been done. We must allow the LORD to define those terms.

One of the most effective prayers we can pray is to ask our Father to show us our sins, in order that we might repent of them. As with beautiful music, our ears require it to end on the right note; so too with conflict and peace. So too, our God has a requirement: “If I had not confessed the sin in my heart, my LORD would not have listened” (Ps. 66:18).

When we follow the Biblical model and petition the throne room of heaven, we are assured of forgiveness. How totally remarkable that God forgives, and even forgets our sins, that what He remembers is the blood of His Son which enabled us to be forgiven.[13] May our walk honor the One who made this possible and the Son who sacrificed his life so that we could be forgiven.


[1]Henri Nouwen, The Road to Peace, 1998.

[2] Janis Abrahams, Ph.D., How Can I Forgive You? p. 122.

[3] Dana Neel, Forgiveness.

[4] How Can I Forgive You? p. 123.

[5] Ibid., p. 123.

[6] C.S. Lewis, Mere Christianity, pp. 28, 29.

[7] J. Gerald Harris, editorial, The Christian Index, May 16, 2013.

[8] Dr. Dan B. Allender & Dr. Tremper Longman III, Bold Love.

[9] M. Scott Peck, People of the Lie

[10] Cal Thomas, “Restitution and Shaming,” The Citizen, Dec. 3, 2014.

[11] Ibid.

[12] Carolyn Hax, columnist, Washington Post.

[13] Janie B. Cheaney, “Into the Depths of the Sea,” World, Apr. 7, 2012.

Tuesday, September 22, 2026

¿Es obligatorio el diezmo bajo la Ley del Mesías en el Nuevo Pacto?

Si por diezmar se entiende la obligación fija y matemática de dar exactamente una décima parte, eso pertenecía a la Ley de Moisés bajo el Antiguo Pacto. En ninguna parte del Nuevo Testamento se ordena a la iglesia del Nuevo Pacto dar el diez por ciento. Lo que sí se ordena es ayudar de manera generosa y voluntaria a los necesitados y a quienes trabajan en el Evangelio.

Bajo el Antiguo Pacto, el sistema de diezmos de Israel estaba directamente relacionado con la Ley mosaica. Uno de los diezmos sostenía a los levitas, quienes no tenían herencia territorial propia y estaban encargados del servicio del tabernáculo (Núm. 18:21–24). Deuteronomio 14:22–27 también describe un diezmo de los productos agrícolas que los mismos israelitas comían delante de Dios en el lugar de adoración señalado. Luego, cada tercer año, el diezmo se almacenaba localmente para el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda (Deut. 14:28–29; 26:12). Se debate si este diezmo del tercer año era un diezmo adicional o si era el diezmo regular destinado de otra manera durante ese año. Sea como fuere, claramente formaba parte del sistema del pacto de Israel bajo la Ley de Moisés.

En contraste, ninguna carta del Nuevo Testamento ordena a la iglesia diezmar. En 1 Corintios 9:20–21 Pablo dice explícitamente que él mismo “no está bajo la Ley”, es decir, la Ley bajo la cual vivían los judíos, mientras que al mismo tiempo aclara que no está sin ley delante de Dios, sino “bajo la ley de Cristo”. Obviamente, la Ley de Moisés y la Ley del Mesías no son simplemente un mismo sistema de pacto.

Pablo hace igualmente clara esta distinción en 2 Corintios 3. A lo que fue “grabado con letras en piedras” —una referencia inequívoca a los Diez Mandamientos y, por tanto, al pacto mosaico— lo llama un “ministerio de muerte” y un “ministerio de condenación” (vv. 7, 9). Ciertamente tuvo gloria, pero Pablo dice que aquella gloria era pasajera y ha sido superada por la gloria mayor y permanente del ministerio del Espíritu (2 Cor. 3:6–11). El contraste es entre el Antiguo Pacto en la letra y el ministerio del Nuevo Pacto en el Espíritu.

Ahora bien, dar generosamente es claramente algo bueno y ordenado. Pablo dice a Timoteo que los ricos deben ser “generosos y dispuestos a compartir” (1 Tim. 6:17–19). A los corintios les dice que “cada uno” dé según haya decidido en su corazón, “no de mala gana ni por obligación” (2 Cor. 9:7; cp. 8:12). Eso suena muy diferente a imponer sobre cada cristiano una obligación fija del diez por ciento.

Por eso resulta problemático utilizar Malaquías para imponer a los creyentes del Nuevo Pacto las obligaciones del diezmo del Antiguo Pacto. “¿Robará el hombre a Dios?”, pregunta Malaquías. “Traigan todos los diezmos al almacén” (Mal. 3:8–10). Pero ese mismo profeta dice más adelante: “Acuérdense de la Ley de Moisés mi siervo, de los estatutos y ordenanzas que le mandé en Horeb para todo Israel” (Mal. 4:4).

No se puede simplemente sacar el diezmo de aquel sistema de pacto e ignorar todo lo demás. Si el mandato de Malaquías a Israel hace que el diezmo mosaico sea legalmente obligatorio para los cristianos, ¿por qué su mandato de recordar el resto de la Ley de Moisés no habría de serlo también? Pablo advierte que el hombre que acepta la circuncisión como requisito del pacto queda “obligado a cumplir toda la Ley” (Gál. 5:3; cp. 5:1–4). No se puede imponer coherentemente un requisito del pacto mosaico mientras se rechaza el sistema de pacto al cual pertenecía.

Nada de esto significa que quienes trabajan en el Evangelio no deban recibir apoyo económico. Todo lo contrario. Pablo dice explícitamente: “El Señor ordenó que los que anuncian el Evangelio vivan del Evangelio” (1 Cor. 9:14). De igual manera, 1 Timoteo 5:17–18 dice que los ancianos que trabajan en la predicación y la enseñanza son dignos de “doble honor”, e inmediatamente añade: “El trabajador merece su salario”. Por lo tanto, no hay nada malo en pagar a un pastor, anciano, misionero o cualquier otro obrero del Evangelio.

Las circunstancias pueden variar. Algunos obreros del Evangelio pueden recibir apoyo económico regular; otros pueden decidir, como hizo Pablo en algunas ocasiones, mantenerse a sí mismos. Pablo recuerda a los corintios que, aunque tenía derecho a recibir apoyo material, decidió no ejercer ese derecho en su caso (1 Cor. 9:4–15). Luego, en el versículo 18, habla de predicar el Evangelio “gratuitamente”, sin hacer pleno uso de sus derechos en el Evangelio. Pablo enseña claramente que los obreros del Evangelio tienen derecho a recibir apoyo económico, pero nunca convierte ese apoyo en un diezmo obligatorio del diez por ciento.

Esto nos lleva a Mateo 23:23. Algunos sostienen que Jesús mismo ordenó a los cristianos diezmar cuando dijo a los escribas y fariseos:

“Dan el diezmo de la menta, el eneldo y el comino, pero han descuidado los asuntos de mayor importancia de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Esto debían haber hecho, sin descuidar aquello.”

Pero observemos el contexto. Jesús está hablando a escribas y fariseos judíos que vivían bajo la Ley de Moisés. Eran extremadamente cuidadosos en diezmar incluso las hierbas de sus huertos, mientras descuidaban las obligaciones morales mucho más importantes de esa misma Ley. La crítica de Jesús no es que no diezmaran, sino que, mientras diezmaban cuidadosamente la menta, el eneldo y el comino, descuidaban la justicia, la misericordia y la fidelidad.

Por tanto, sí: bajo el pacto que regía a aquellos fariseos, debían diezmar. Pero si Mateo 23:23 establece que el diezmo mosaico es obligatorio para la iglesia cristiana para siempre, entonces la coherencia exigiría mucho más que poner el diez por ciento de un sueldo en la ofrenda de una iglesia. También habría que aplicar el propio sistema mosaico del diezmo, incluyendo los productos agrícolas, los levitas, las fiestas y la Ley más amplia de la cual formaba parte.

Y observemos lo que sucede después de los Evangelios. Fuera de los Evangelios, los diezmos solamente se mencionan en Hebreos 7, donde el tema es Abraham, Melquisedec, Leví y el sacerdocio levítico. Abraham entrega a Melquisedec una décima parte, y el escritor menciona que los levitas recibían diezmos conforme a la Ley (Heb. 7:1–10). Sin embargo, ni siquiera allí se da ningún mandamiento a los cristianos de diezmar.

Eso es significativo. Pablo habla repetidamente acerca de las ofrendas cristianas —sostener a los obreros del Evangelio, ayudar a los pobres, compartir con otros y dar de manera regular y generosa—, pero nunca manda a los cristianos entregar matemáticamente un diez por ciento (1 Cor. 9:4–14; 16:1–2; 2 Cor. 8–9; Gál. 6:6; Fil. 4:10–18; 1 Tim. 5:17–18; 6:17–19).

Por lo tanto, la cuestión no es si los cristianos deben dar. Por supuesto que deben hacerlo. La cuestión es si la iglesia tiene autoridad bíblica para convertir el diezmo del Antiguo Pacto de Israel en una ley obligatoria del diez por ciento bajo el Nuevo Pacto.

No la tiene.

En resumen, las ofrendas bajo el Nuevo Pacto deben ser generosas, voluntarias, alegres y de acuerdo con las posibilidades de cada persona, no impuestas “por obligación” (2 Cor. 8:12; 9:7). Si alguien insiste en que el diezmo mosaico continúa siendo legalmente obligatorio para la iglesia, entonces, para ser coherente, tendría que explicar por qué el resto del pacto mosaico —incluyendo la circuncisión— no es igualmente obligatorio. La advertencia de Pablo sigue siendo clara: una vez que uno se coloca bajo ese requisito del pacto, queda obligado a cumplir toda la Ley (Gál. 5:3).

Monday, September 21, 2026

El Problema del Mal

por Anthony F. Buzzard

Una de las grandes cualidades de Dios es que no nos hace robots. 1 Timoteo 2:4 dice que Dios quiere que todos se salven, pero en las Escrituras no todos se salvan. Entonces, ¿cómo explicamos eso?

Dios nos ha concedido una medida de libre albedrío. Ahora bien, no tenemos libre albedrío para ser presidente; en mi caso no podría, soy residente con green card, eso no es una opción. Pero en otras cosas sí tengo elección.

El punto fundamental que los ateos y agnósticos no han captado es que Dios no nos creó como robots. Él permite el mal. Permitió que Satanás, un ángel caído, fuera malo. Pablo habla de la condenación en la que cayó Satanás. Satanás fue condenado por ser malo; él eligió ser malo. Dios no castiga a personas que son totalmente inocentes; las castiga por ser malas. A veces quedan atrapadas en una sociedad malvada y reciben el castigo que esa sociedad recibe —eso es cierto—, pero el diablo eligió desviarse, y Adán y Eva eligieron desviarse. Adán es castigado, Eva es castigada y el diablo es castigado.

¿Acaso no experimentamos en las situaciones familiares que un padre sabe perfectamente que sus hijos no siempre eligen lo correcto? Se alegra de que no sean robots. Los castiga, o debería, cuando se equivocan. Así que el libre albedrío es la respuesta aquí: libre albedrío dentro de ciertas limitaciones. Por lo tanto, Satanás es permitido por Dios hasta el límite que Dios establezca.

En el Antiguo Testamento encontrarás que Dios puso a prueba a Israel, y el paralelo en 2 Crónicas dice que Satanás puso a prueba a Israel. Eso no es una contradicción; simplemente muestra que lo que Dios permite, se puede decir que Él lo ordena. Todo lo que Él permite, también lo ha ordenado. Pero eso no significa que sea Su voluntad última que los hombres pequen. No lo es. Él siempre les está diciendo que se arrepientan, que “vuelvan a Mí”, y que no hagan el mal. Así que es una acusación muy injusta contra la benevolencia de Dios decir que el mal se puede culpar a Él. No se puede. Se culpa a nosotros. Y Dios nos ha dado el enorme privilegio de no ser robots, sino agentes de libre albedrío que pueden elegir entre el bien y el mal —lo cual generalmente no hacemos nada bien—. De ahí el estado del mundo.

Una de las cosas que se aprende de la Biblia es la enseñanza sobre el pecado. Ese es el problema: no el Creador, sino nosotros. Está inherente en nosotros porque hicimos una elección a través de Adán de desobedecer. Cuando llegas a la Biblia y a la cosmovisión cristiana, esta ofrece una respuesta muy sólida y sólida al llamado problema del mal, precisamente porque pecamos, lo cual equivale a la desobediencia al Dios Creador.

Parte de la debilidad de mucha predicación es que no usa esos versículos clave, sistemáticamente claros, cristalinos e inequívocos. Siempre debería haber eslóganes presentes desde el púlpito. Hebreos 5:9 dice que la salvación —obtener la inmortalidad y aprender a vivir para siempre mediante la resurrección cuando Cristo regrese— es causada por la obediencia a Jesús. “¿Por qué me llaman ‘Señor, Señor’”, seguía diciendo Jesús, “y no hacen lo que yo digo?” Dios ha establecido a Jesús como el modelo de cómo debe actuar un ser humano. Eso es completamente razonable.

En todos los demás campos tenemos nuestras estrellas. Hollywood tiene sus estrellas; el mundo de la canción tiene las suyas. Se les toma como modelos de cómo se hace esa profesión a la perfección. Jesús es exactamente eso. Como agente legal de Dios y ser humano él mismo, Jesús modela lo que es vivir en perfecta obediencia a Dios. Se supone que debemos seguir ese estándar y comenzar obedeciendo el primer y gran mandamiento: “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es un solo Señor”.

Así que es el pecado —la desobediencia a la ley de Dios según se define en el Nuevo Pacto— lo que constituye el problema del mal. No es el problema de Dios.


Sunday, September 20, 2026

De la Pascua a Jesús: La comunión del Nuevo Pacto

La Cena del Señor, o comunión cristiana, nació en el contexto de la Pascua judía, pero Jesús le dio un significado nuevo y profundamente centrado en él mismo. En su última cena con los discípulos, tomó el pan y la copa y los relacionó con su muerte cercana, una muerte que sería entregada en favor de otros.

Jesús ya había explicado el propósito de su misión en Marcos 10:45, cuando dijo que el Hijo del Hombre vino “para dar su vida como rescate en lugar de muchos.” La palabra griega anti tiene precisamente ese sentido: “en lugar de”. Es decir, Jesús no murió simplemente para dejarnos un ejemplo de amor o sacrificio. Entregó su vida por nosotros, en nuestro lugar, cumpliendo así las profecías de Isaías acerca del Siervo sufriente de Yahvé (Isa. 42; 49; 50; 52–53).

Isaías 53:6 resume esta verdad de manera poderosa: Yahvé hizo recaer sobre su Siervo la culpa de todos nosotros. La muerte de Jesús, por tanto, fue una muerte sacrificial en favor de otros.

Bajo el pacto de Moisés, la Pascua recordaba la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto (Éx. 12:14, 26–27; Deut. 16:1–3). Lucas 22 muestra claramente que Jesús y sus Apóstoles prepararon y celebraron aquella Pascua. Sin embargo, durante esa misma cena Jesús hizo algo extraordinario: dirigió el significado del memorial hacia su propia persona.

“Este es mi cuerpo entregado por ustedes; recuérdenme haciendo esto” (Lucas 22:19).

Para un judío fiel a la Torá, estas palabras debieron de ser impactantes. Durante siglos, la Pascua había recordado la salida de Egipto. Ahora Jesús les dice a sus discípulos que hagan esto en memoria de él.

El centro del memorial cambia. Ya no se trata simplemente de recordar la antigua liberación de Egipto, sino de recordar al Mesías y la liberación que Dios realizaría por medio de su muerte.

Jesús hace todavía más claro este cambio cuando toma la copa y dice:

“Esta copa es el Nuevo Pacto ratificado por mi sangre, que está siendo derramada por ustedes” (Lucas 22:20).

Estas palabras recuerdan el lenguaje del pacto establecido por medio de Moisés en Éxodo 24:8, pero ahora Jesús habla del Nuevo Pacto prometido en Jeremías 31:31–34. El pan y la copa reciben así un nuevo significado para la comunidad cristiana: apuntan al Mesías, a su muerte y al Nuevo Pacto establecido por medio de él.

Más tarde, Pablo confirma que esta práctica debía continuar en la iglesia. En 1 Corintios 11:23–26, explica que recibió del señor aquello mismo que transmitió a los creyentes.

Sobre el pan, Jesús dijo:

“Hagan esto en memoria de mí” (v. 24).

Y sobre la copa:

“Hagan esto, cada vez que la beban, en memoria de mí” (v. 25).

Después Pablo explica por qué la iglesia sigue celebrando esta comida:

“Porque cada vez que comen este pan y beben de esta copa, están proclamando la muerte del señor hasta que él venga” (v. 26).

Aquí vemos las dos direcciones de la Cena del Señor. Por un lado, miramos hacia atrás y recordamos la muerte sacrificial de Jesús. Por otro, miramos hacia adelante, esperando su parusía, es decir, su regreso.

Esta esperanza futura también estaba presente en las palabras de Jesús durante aquella misma cena. Él dijo que no volvería a beber del fruto de la vid “hasta que venga el Reino de Dios” (Lucas 22:18). Poco después prometió a sus Apóstoles que comerían y beberían con él a su mesa en su Reino (Lucas 22:29–30).

Por eso, la Cena del Señor no solo habla de la cruz; también habla del futuro Reino de Dios.

Pablo vuelve a utilizar el lenguaje de la Pascua cuando declara:

“Messiah, nuestra Pascua, ha sido sacrificado” (1 Cor. 5:7).

Luego exhorta a los creyentes a estar “celebrando continuamente la fiesta”, no con la vieja levadura del pecado y la maldad, sino con “los panes sin levadura de la sinceridad y la verdad” (1 Cor. 5:8).

El lenguaje es claramente figurado. Pablo no está mandando a los cristianos gentiles a guardar una Pascua judía anual. Está tomando las imágenes de la Pascua y aplicándolas al Mesías y a la vida diaria del creyente bajo el Nuevo Pacto.

Algo semejante aparece en Colosenses 2:16–17, donde Pablo menciona las fiestas, las lunas nuevas y los sábados del calendario judío y los describe como una “sombra”, en contraste con el “cuerpo” del Mesías. Juan también se refiere varias veces a estas celebraciones como fiestas “de los judíos” (Juan 2:13; 5:1; 6:4; 7:2; 11:55).

Finalmente, Pablo muestra que la Cena del Señor no es simplemente un acto privado entre el creyente y Dios. En 1 Corintios 10:16–17, explica que la copa representa nuestra participación en la sangre del Mesías y que el pan representa nuestra participación en su cuerpo. Como todos compartimos de un mismo pan, formamos un solo cuerpo.

Por eso, la comunión tiene un sentido comunitario. La iglesia se reúne para recordar al Mesías, proclamar su muerte y expresar visiblemente que todos sus miembros forman parte de un mismo cuerpo.

Cuando reunimos todos estos pasajes, aparece una línea muy clara: de la Pascua del Éxodo pasamos al memorial del Nuevo Pacto centrado en Jesús, el Mesías.

Él entregó “su vida como rescate en lugar de muchos”, cumpliendo el papel del Siervo sufriente anunciado por Isaías. Por eso, cada vez que los creyentes comparten el pan y la copa, recuerdan su sacrificio, proclaman su muerte y esperan su regreso.

La Cena del Señor mira hacia atrás, a la muerte del Mesías; mira alrededor, a la comunidad de creyentes que forman un solo cuerpo; y mira hacia adelante, a su parusía y al día en que Jesús establecerá el Reino de Dios sobre una tierra restaurada.

Recordamos su muerte hasta que él venga.