La Cena del Señor, o comunión cristiana, nació en el contexto de la Pascua judía, pero Jesús le dio un significado nuevo y profundamente centrado en él mismo. En su última cena con los discípulos, tomó el pan y la copa y los relacionó con su muerte cercana, una muerte que sería entregada en favor de otros.
Jesús ya había explicado el propósito de su misión en Marcos 10:45, cuando dijo que el Hijo del Hombre vino “para dar su vida como rescate en lugar de muchos.” La palabra griega anti tiene precisamente ese sentido: “en lugar de”. Es decir, Jesús no murió simplemente para dejarnos un ejemplo de amor o sacrificio. Entregó su vida por nosotros, en nuestro lugar, cumpliendo así las profecías de Isaías acerca del Siervo sufriente de Yahvé (Isa. 42; 49; 50; 52–53).
Isaías 53:6 resume esta verdad de manera poderosa: Yahvé hizo recaer sobre su Siervo la culpa de todos nosotros. La muerte de Jesús, por tanto, fue una muerte sacrificial en favor de otros.
Bajo el pacto de Moisés, la Pascua recordaba la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto (Éx. 12:14, 26–27; Deut. 16:1–3). Lucas 22 muestra claramente que Jesús y sus Apóstoles prepararon y celebraron aquella Pascua. Sin embargo, durante esa misma cena Jesús hizo algo extraordinario: dirigió el significado del memorial hacia su propia persona.
“Este es mi cuerpo entregado por ustedes; recuérdenme haciendo esto” (Lucas 22:19).
Para un judío fiel a la Torá, estas palabras debieron de ser impactantes. Durante siglos, la Pascua había recordado la salida de Egipto. Ahora Jesús les dice a sus discípulos que hagan esto en memoria de él.
El centro del memorial cambia. Ya no se trata simplemente de recordar la antigua liberación de Egipto, sino de recordar al Mesías y la liberación que Dios realizaría por medio de su muerte.
Jesús hace todavía más claro este cambio cuando toma la copa y dice:
“Esta copa es el Nuevo Pacto ratificado por mi sangre, que está siendo derramada por ustedes” (Lucas 22:20).
Estas palabras recuerdan el lenguaje del pacto establecido por medio de Moisés en Éxodo 24:8, pero ahora Jesús habla del Nuevo Pacto prometido en Jeremías 31:31–34. El pan y la copa reciben así un nuevo significado para la comunidad cristiana: apuntan al Mesías, a su muerte y al Nuevo Pacto establecido por medio de él.
Más tarde, Pablo confirma que esta práctica debía continuar en la iglesia. En 1 Corintios 11:23–26, explica que recibió del señor aquello mismo que transmitió a los creyentes.
Sobre el pan, Jesús dijo:
“Hagan esto en memoria de mí” (v. 24).
Y sobre la copa:
“Hagan esto, cada vez que la beban, en memoria de mí” (v. 25).
Después Pablo explica por qué la iglesia sigue celebrando esta comida:
“Porque cada vez que comen este pan y beben de esta copa, están proclamando la muerte del señor hasta que él venga” (v. 26).
Aquí vemos las dos direcciones de la Cena del Señor. Por un lado, miramos hacia atrás y recordamos la muerte sacrificial de Jesús. Por otro, miramos hacia adelante, esperando su parusía, es decir, su regreso.
Esta esperanza futura también estaba presente en las palabras de Jesús durante aquella misma cena. Él dijo que no volvería a beber del fruto de la vid “hasta que venga el Reino de Dios” (Lucas 22:18). Poco después prometió a sus Apóstoles que comerían y beberían con él a su mesa en su Reino (Lucas 22:29–30).
Por eso, la Cena del Señor no solo habla de la cruz; también habla del futuro Reino de Dios.
Pablo vuelve a utilizar el lenguaje de la Pascua cuando declara:
“Messiah, nuestra Pascua, ha sido sacrificado” (1 Cor. 5:7).
Luego exhorta a los creyentes a estar “celebrando continuamente la fiesta”, no con la vieja levadura del pecado y la maldad, sino con “los panes sin levadura de la sinceridad y la verdad” (1 Cor. 5:8).
El lenguaje es claramente figurado. Pablo no está mandando a los cristianos gentiles a guardar una Pascua judía anual. Está tomando las imágenes de la Pascua y aplicándolas al Mesías y a la vida diaria del creyente bajo el Nuevo Pacto.
Algo semejante aparece en Colosenses 2:16–17, donde Pablo menciona las fiestas, las lunas nuevas y los sábados del calendario judío y los describe como una “sombra”, en contraste con el “cuerpo” del Mesías. Juan también se refiere varias veces a estas celebraciones como fiestas “de los judíos” (Juan 2:13; 5:1; 6:4; 7:2; 11:55).
Finalmente, Pablo muestra que la Cena del Señor no es simplemente un acto privado entre el creyente y Dios. En 1 Corintios 10:16–17, explica que la copa representa nuestra participación en la sangre del Mesías y que el pan representa nuestra participación en su cuerpo. Como todos compartimos de un mismo pan, formamos un solo cuerpo.
Por eso, la comunión tiene un sentido comunitario. La iglesia se reúne para recordar al Mesías, proclamar su muerte y expresar visiblemente que todos sus miembros forman parte de un mismo cuerpo.
Cuando reunimos todos estos pasajes, aparece una línea muy clara: de la Pascua del Éxodo pasamos al memorial del Nuevo Pacto centrado en Jesús, el Mesías.
Él entregó “su vida como rescate en lugar de muchos”, cumpliendo el papel del Siervo sufriente anunciado por Isaías. Por eso, cada vez que los creyentes comparten el pan y la copa, recuerdan su sacrificio, proclaman su muerte y esperan su regreso.
La Cena del Señor mira hacia atrás, a la muerte del Mesías; mira alrededor, a la comunidad de creyentes que forman un solo cuerpo; y mira hacia adelante, a su parusía y al día en que Jesús establecerá el Reino de Dios sobre una tierra restaurada.
Recordamos su muerte hasta que él venga.
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